Capítulo 1
Los sueños
Salió
corriendo al baño aturdida y lidiando con un dolor en el estómago que la hacía
retorcerse, como si algo le estrujara las entrañas. El ramalazo era extraño, no
obstante como si lo sufriese otro cuerpo y no el suyo, pero sus brazos la
rodeaban tratando de paliar la fea sensación. Se asomó con urgencia a la pileta
y vomitó de manera violenta. “Qué rayos…”, pensó ante la imagen que tenía
frente a sus ojos. Todo estaba teñido de un color carmesí que la aterró: era
sangre, pura y brillante sangre. Alzó la mirada de nuevo y la imagen que el
espejo, de fino vidrio labrado, le devolvió, la dejó pasmada… incluso más. Las
ojeras profundas sobre su pálida piel resaltaban como una mancha negra sobre un
paño inmaculado.
Lara Wells
se removía en la cama de su cuarto. Su
amiga y compañera Marceline Dupree la sacudió para despertarla. Todo seguía
siendo un sueño.
-Hey, Lara,
despierta, estás soñando.
Soñando… De
nuevo esos sueños que la habían atormentado durante su niñez, que habían convertido
su época de inocencia en un espeluznante terror a la vida misma, la acechaban
ahora que estaba en la universidad, años después.
-Demonios,
mujer- dijo Marceline atajando un mechón de cabello del desencajado rostro de
Lara.
“Si
demonios… Otra vez, demonios”. Se sentía angustiada.
- ¿Qué
puedo hacer por ti?- Marceline hizo una pausa frunciendo los labios como
dudando la respuesta-Ya sé.
Sacó de la
mesita de noche un blíster de unas pastillas blancas y alargadas divididas en
cuatro pedazos.
-¿Qué es
eso? Mhhhh, no, no. Toma, te las devuelvo, no las quiero.
-Tómate un
cuarto; debes descansar. Qué piensas, ¿qué vas a dormir toda la vida con sólo
un cuarto?
Lara no
estaba convencida…, pero qué más daba, necesitaba dormir y al final accedió.
Lo intentó.
Un vaso, dos…, pero la pastilla se le quedaba atorada en la garganta… No pasaba
de ahí.
-Ok.
Ambas estaban
en el tercer año de medicina y Lara sabía que una sola porción de ése
psicofármaco no le haría daño. Recostó la cabeza en la almohada mirando hacia
el techo, suspiró y comenzó a contar desde cien hacia atrás.
“Ya he superado esa etapa”, pensó. “Me he
curado”. ”No pasaré nuevamente por lo mismo”. Los pensamientos se le venían a
la cabeza, como ráfagas de sensaciones involuntarias.
En otro
tiempo, sus padres habían recorrido pasillos y pasillos de hospitales en busca
de ayuda para el problema de su niña. Ella sabía que el esfuerzo era en vano,
así que cada nueva consulta era como un trámite engorroso y abúlico.
Psicólogos, psiquiatras, neurólogos y hasta un tipo que decía hacer regresiones
a vidas pasadas, pero nada surtía efecto, ella continuaba con sus enmarañadas
pesadillas.
Un día
llegaron a un neurólogo que le dijo a la niña que no tuviese más miedo, que
pronto pasaría, que por fin todo desaparecería. Por alguna razón, Keira sintió
un inexplicable y confuso alivio al ver el amigable rostro de ese médico que le
provocó, además, cierta curiosidad.
-Es una
patología pasajera- afirmó el doctor-. Sé que es difícil, pero con un poco de
paciencia y tiempo se pasará. Dénle esta medicación dos horas antes de dormir.
Las
pesadillas fueron menguando, pero una noche la negrura volvió a coronar los
sueños de Keira. Otra vez la desolación. Sola, desamparada, en un sitio vacío
en el que no había piso ni paredes ni techos, sólo susurros como siseos que
llegaban a sus pequeños oídos, que tapó con sus manos, en tanto en su interior
algo le decía “corre” y se echó a correr…
A la mañana
siguiente, una fría de noviembre con un paisaje invernal, helado y ventoso, los
árboles se meneaban con sus ramas tristes y deshabitadas… A Keira le gustaba la
primavera porque podía ver a las aves anidar en lo oculto del follaje verde
saludable de los árboles. Pero en esas fechas, no es posible…
-Vamos,
Keira, se hace tarde.
-Sí, mamá.
Giró sobre sus pies dando un paso y luego
repitió la acción observando nuevamente la imagen desoladora del árbol. En un
instante, corrió hacia el auto.
Durante el
camino a la escuela, se perdió en el paisaje blanco que cubría casi toda la
ciudad. Aquel día le pareció particular
de alguna manera que no lograba entender, sólo recordaba que esa noche el
demonio que solía acosarla en sus pesadillas le había vuelto a alcanzar, y
ahora también tenía en su mente los ojos inyectados en sangre y la maliciosa
sonrisa en un rostro que no es que fuera espeluznante sino incluso hasta
armonioso y bello sino que le parecía temible. Y cayó en la cuenta de que su
madre la había despertado justo cuando su cara se reflejaba en las
profundidades de esa especie de lago escarlata.
De repente,
un grito de su madre, un chirrido ensordecedor que la obligó a cubrirse los oídos
y un golpe que le quitó la conciencia…
Luego, la
calma. Ya no había pesadillas, sólo paisajes hermosos, aves de colores que
revoloteaban por su cabeza casi blanca de rubio que era su cabello, bosques
frondosos y flores perfumadas, el cielo tan azul que, lejos, en el horizonte,
se confundía con el mar, tan solo separados por una tenue línea que resaltaba
más en el ocaso, cuando el cielo se volvía de unos tonos naranja y amarillo.
Como si su mente suprimiese la noche, jamás oscurecía en su sueño maravilloso,
sólo el crepúsculo y luego el amanecer nuevamente. No había oscuridad en su
mundo, pero tampoco estrellas ni luna; sólo luz, día, sol y todo lo bello que
podía imaginar… Pero de golpe se sintió como arrancada, como si la jalasen
hacia un lugar a donde ella no quería regresar… Estiraba sus brazos, tratando
de aferrarse a algo, a cualquier cosa, pero no pudo… Abrió los ojos en una
habitación blanca. Unos pitidos provenientes de los monitores y una serie de
sueros y cables le dieron la impresión de que estaba en un hospital… Cerró sus
ojos, intentando volver a su paraíso personal, su lugar feliz, pero no le fue
posible. Se movió, y un aparato comenzó a chillar. Dos mujeres vestidas de
blanco se asomaron a la habitación.
-Doctor- se
apresuró una de ellas a llamar por teléfono- la niña de la dieciséis “A”
despertó.
El doctor
David Linch ingresó a la habitación y miró a una de las enfermeras, que
asintió.
El doctor
Linch se había visto en el dilema de desconectar a la paciente de la habitación
dieciséis en varias oportunidades. Llevaba ya dos años en coma y los directivos
del nosocomio veían inútil mantener con vida a una jovencita huérfana sin
familia alguna.
-Doctor,
sabe que estamos en contra de la eutanasia pero dadas las condiciones el
hospital no puede afrontar los gastos…
-Lo siento,
pero no voy a quitarle el derecho de vivir.
-Vivir, por
favor, solo está conectada a un par de máquinas que funcionan por ella.
-¡Yo tengo
fe! Si el problema viene por los costos, yo mismo me haré cargo de los gastos
de hoy en adelante.
Sus colegas
no pudieron negarse a ello.
“Dinero,
todo se arregla con dinero”, pensaba Linch.
La niña
siguió ahí, sin cambios, hasta casi un año más…
-¿Qué pasó?
¿Por qué estoy aquí?
-¿Por qué
no descansas corazón?-le dijo Linch acariciando su clara cabellera- Ya habrá
tiempo para conversar de todo.
Linch
atravesó la puerta y la niña cerró los ojos haciendo fuerza para dormir.
-Y ahora,
¿qué piensas hacer con ella?
La
enfermera Marie Cummings preguntó con gran curiosidad en la solitaria sala de
médicos, café de por medio. Ella había cuidado de la paciente durante gran
parte de su coma, y en un punto de su interior se sentía responsable por el
futuro de Keira.
-No lo sé,
sabes que yo no puedo tenerla conmigo.
-Pero no
puede quedar a la deriva, es pequeña aún y no tiene a nadie y no hay futuro para ella…
-No para
Keira Wells, pero tal vez sí lo haya para Lara Wells...
-Karl, me
estás pidiendo que me haga cargo de una gran responsabilidad.
“Karl”…
Cuántos años hacía que nadie lo llamaba por su nombre…
-Marie,
consúltalo con John, quizá esta sea la oportunidad que durante tantos años os
ha sido negada.
La mujer
hizo un gesto de dolor. Ella y su marido habían intentado tener hijos durante
mucho tiempo sin poder conseguirlo y de golpe la idea de cuidar de una
muchachita de dieciséis años la aterraba…, aunque también la ilusionaba…
En la
habitación de la universidad, siete años después, Lara cedía a la somnolencia
del fármaco y los recuerdos menguaban hasta perderse en el sueño inducido,
recuerdos vividos, recuerdos contados…
Afuera, en
el frío, una figura firme, como sujeta al asfalto, observaba con atención la
habitación de Lara. Una capucha recubierta de una fina piel cubría su cabeza y
parte de su rostro. Contempló el objetivo hasta que la luz se apagó. Trepó
entonces a un árbol cercano, se acomodó en una rama y agachó la cabeza cerrando
los ojos y cruzando las piernas como un Buda. Mantuvo esa misma posición durante
toda la helada y larga noche. Al alba, bajó del árbol con la misma delicadeza
con lo que había subido, aún con sus ojos cerrados. Caminó con paciencia en
medio del frío abrasador, agarró un celular de su pantalón y marcó un número.
Hasta ese momento, desde la noche anterior en ningún momento se había sacado
las manos de los bolsillos.
-No tengo
buenas noticias para ti.
Enseguida
colgó y luego se perdió en la neblina del amanecer.
