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domingo, 29 de noviembre de 2015

PRIMER CAPÍTULO

                      Capítulo 1
                              Los sueños


Salió corriendo al baño aturdida y lidiando con un dolor en el estómago que la hacía retorcerse, como si algo le estrujara las entrañas. El ramalazo era extraño, no obstante como si lo sufriese otro cuerpo y no el suyo, pero sus brazos la rodeaban tratando de paliar la fea sensación. Se asomó con urgencia a la pileta y vomitó de manera violenta. “Qué rayos…”, pensó ante la imagen que tenía frente a sus ojos. Todo estaba teñido de un color carmesí que la aterró: era sangre, pura y brillante sangre. Alzó la mirada de nuevo y la imagen que el espejo, de fino vidrio labrado, le devolvió, la dejó pasmada… incluso más. Las ojeras profundas sobre su pálida piel resaltaban como una mancha negra sobre un paño inmaculado.

Lara Wells se removía  en la cama de su cuarto. Su amiga y compañera Marceline Dupree la sacudió para despertarla. Todo seguía siendo un sueño.

-Hey, Lara, despierta, estás soñando.

Soñando… De nuevo esos sueños que la habían atormentado durante su niñez, que habían convertido su época de inocencia en un espeluznante terror a la vida misma, la acechaban ahora que estaba en la universidad, años después.

-Demonios, mujer- dijo Marceline atajando un mechón de cabello del desencajado rostro de Lara.

“Si demonios… Otra vez, demonios”. Se sentía angustiada.

- ¿Qué puedo hacer por ti?- Marceline hizo una pausa frunciendo los labios como dudando la respuesta-Ya sé.

Sacó de la mesita de noche un blíster de unas pastillas blancas y alargadas divididas en cuatro pedazos.

-¿Qué es eso? Mhhhh, no, no. Toma, te las devuelvo, no las quiero.

-Tómate un cuarto; debes descansar. Qué piensas, ¿qué vas a dormir toda la vida con sólo un cuarto?

Lara no estaba convencida…, pero qué más daba, necesitaba dormir y al final accedió.

Lo intentó. Un vaso, dos…, pero la pastilla se le quedaba atorada en la garganta… No pasaba de ahí.

-Ok.

Ambas estaban en el tercer año de medicina y Lara sabía que una sola porción de ése psicofármaco no le haría daño. Recostó la cabeza en la almohada mirando hacia el techo, suspiró y comenzó a contar desde cien hacia atrás.

   “Ya he superado esa etapa”, pensó. “Me he curado”. ”No pasaré nuevamente por lo mismo”. Los pensamientos se le venían a la cabeza, como ráfagas de sensaciones involuntarias.

En otro tiempo, sus padres habían recorrido pasillos y pasillos de hospitales en busca de ayuda para el problema de su niña. Ella sabía que el esfuerzo era en vano, así que cada nueva consulta era como un trámite engorroso y abúlico. Psicólogos, psiquiatras, neurólogos y hasta un tipo que decía hacer regresiones a vidas pasadas, pero nada surtía efecto, ella continuaba con sus enmarañadas pesadillas.

Un día llegaron a un neurólogo que le dijo a la niña que no tuviese más miedo, que pronto pasaría, que por fin todo desaparecería. Por alguna razón, Keira sintió un inexplicable y confuso alivio al ver el amigable rostro de ese médico que le provocó, además, cierta curiosidad.

-Es una patología pasajera- afirmó el doctor-. Sé que es difícil, pero con un poco de paciencia y tiempo se pasará. Dénle esta medicación dos horas antes de dormir.

Las pesadillas fueron menguando, pero una noche la negrura volvió a coronar los sueños de Keira. Otra vez la desolación. Sola, desamparada, en un sitio vacío en el que no había piso ni paredes ni techos, sólo susurros como siseos que llegaban a sus pequeños oídos, que tapó con sus manos, en tanto en su interior algo le decía “corre” y se echó a correr…

A la mañana siguiente, una fría de noviembre con un paisaje invernal, helado y ventoso, los árboles se meneaban con sus ramas tristes y deshabitadas… A Keira le gustaba la primavera porque podía ver a las aves anidar en lo oculto del follaje verde saludable de los árboles. Pero en esas fechas, no es posible…

-Vamos, Keira, se hace tarde.

-Sí, mamá.

 Giró sobre sus pies dando un paso y luego repitió la acción observando nuevamente la imagen desoladora del árbol. En un instante, corrió hacia el auto.

Durante el camino a la escuela, se perdió en el paisaje blanco que cubría casi toda la ciudad.  Aquel día le pareció particular de alguna manera que no lograba entender, sólo recordaba que esa noche el demonio que solía acosarla en sus pesadillas le había vuelto a alcanzar, y ahora también tenía en su mente los ojos inyectados en sangre y la maliciosa sonrisa en un rostro que no es que fuera espeluznante sino incluso hasta armonioso y bello sino que le parecía temible. Y cayó en la cuenta de que su madre la había despertado justo cuando su cara se reflejaba en las profundidades de esa especie de lago escarlata.

De repente, un grito de su madre, un chirrido ensordecedor que la obligó a cubrirse los oídos y un golpe que le quitó la conciencia…

Luego, la calma. Ya no había pesadillas, sólo paisajes hermosos, aves de colores que revoloteaban por su cabeza casi blanca de rubio que era su cabello, bosques frondosos y flores perfumadas, el cielo tan azul que, lejos, en el horizonte, se confundía con el mar, tan solo separados por una tenue línea que resaltaba más en el ocaso, cuando el cielo se volvía de unos tonos naranja y amarillo. Como si su mente suprimiese la noche, jamás oscurecía en su sueño maravilloso, sólo el crepúsculo y luego el amanecer nuevamente. No había oscuridad en su mundo, pero tampoco estrellas ni luna; sólo luz, día, sol y todo lo bello que podía imaginar… Pero de golpe se sintió como arrancada, como si la jalasen hacia un lugar a donde ella no quería regresar… Estiraba sus brazos, tratando de aferrarse a algo, a cualquier cosa, pero no pudo… Abrió los ojos en una habitación blanca. Unos pitidos provenientes de los monitores y una serie de sueros y cables le dieron la impresión de que estaba en un hospital… Cerró sus ojos, intentando volver a su paraíso personal, su lugar feliz, pero no le fue posible. Se movió, y un aparato comenzó a chillar. Dos mujeres vestidas de blanco se asomaron a la habitación.

-Doctor- se apresuró una de ellas a llamar por teléfono- la niña de la dieciséis  “A”  despertó.

El doctor David Linch ingresó a la habitación y miró a una de las enfermeras, que asintió.

El doctor Linch se había visto en el dilema de desconectar a la paciente de la habitación dieciséis en varias oportunidades. Llevaba ya dos años en coma y los directivos del nosocomio veían inútil mantener con vida a una jovencita huérfana sin familia alguna.

-Doctor, sabe que estamos en contra de la eutanasia pero dadas las condiciones el hospital no puede afrontar los gastos…

-Lo siento, pero no voy a quitarle el derecho de vivir.

-Vivir, por favor, solo está conectada a un par de máquinas que funcionan por ella.

-¡Yo tengo fe! Si el problema viene por los costos, yo mismo me haré cargo de los gastos de hoy en adelante.

Sus colegas no pudieron negarse a ello.

“Dinero, todo se arregla con dinero”, pensaba Linch.

La niña siguió ahí, sin cambios, hasta casi un año más…

-¿Qué pasó? ¿Por qué estoy aquí?

-¿Por qué no descansas corazón?-le dijo Linch acariciando su clara cabellera- Ya habrá tiempo para conversar de todo.

Linch atravesó la puerta y la niña cerró los ojos haciendo fuerza para dormir.

-Y ahora, ¿qué piensas hacer con ella?

La enfermera Marie Cummings preguntó con gran curiosidad en la solitaria sala de médicos, café de por medio. Ella había cuidado de la paciente durante gran parte de su coma, y en un punto de su interior se sentía responsable por el futuro de Keira.

-No lo sé, sabes que yo no puedo tenerla conmigo.

-Pero no puede quedar a la deriva, es pequeña aún y no tiene a  nadie y no hay futuro para ella…

-No para Keira Wells, pero tal vez sí lo haya para Lara Wells...

-Karl, me estás pidiendo que me haga cargo de una gran responsabilidad.

“Karl”… Cuántos años hacía que nadie lo llamaba por su nombre…

-Marie, consúltalo con John, quizá esta sea la oportunidad que durante tantos años os ha sido negada.

La mujer hizo un gesto de dolor. Ella y su marido habían intentado tener hijos durante mucho tiempo sin poder conseguirlo y de golpe la idea de cuidar de una muchachita de dieciséis años la aterraba…, aunque también la ilusionaba…

En la habitación de la universidad, siete años después, Lara cedía a la somnolencia del fármaco y los recuerdos menguaban hasta perderse en el sueño inducido, recuerdos vividos, recuerdos contados…

Afuera, en el frío, una figura firme, como sujeta al asfalto, observaba con atención la habitación de Lara. Una capucha recubierta de una fina piel cubría su cabeza y parte de su rostro. Contempló el objetivo hasta que la luz se apagó. Trepó entonces a un árbol cercano, se acomodó en una rama y agachó la cabeza cerrando los ojos y cruzando las piernas como un Buda. Mantuvo esa misma posición durante toda la helada y larga noche. Al alba, bajó del árbol con la misma delicadeza con lo que había subido, aún con sus ojos cerrados. Caminó con paciencia en medio del frío abrasador, agarró un celular de su pantalón y marcó un número. Hasta ese momento, desde la noche anterior en ningún momento se había sacado las manos de los bolsillos.

-No tengo buenas noticias para ti.

Enseguida colgó y luego se perdió en la neblina del amanecer.



                                        

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